Si hoy eres parte del mundo evangélico chileno, tu historia no empezó en una “conversión individual” aislada, sino en un laboratorio político-religioso donde se cruzaron Washington, la Guerra Fría y la dictadura de Pinochet.
El Plan B de Washington: del Informe Rockefeller al púlpito chileno
A fines de los años sesenta, en plena Guerra Fría, el vicepresidente estadounidense Nelson Rockefeller recorrió América Latina y entregó el informe “Quality of Life in the Americas” (1969), donde se advertía que la Iglesia Católica ya no era un aliado confiable para los intereses de Estados Unidos, e incluso podía ser un foco de contestación social, especialmente por la influencia de la Teología de la Liberación. En ese contexto, el documento y su lectura posterior en círculos conservadores impulsaron la idea de promover “otro tipo de cristianos” en la región: iglesias evangélicas y pentecostales de corte fundamentalista, más alineadas con el anticomunismo y con una visión despolitizada de lo social.
Esta reconfiguración religiosa no fue una mera exportación de misioneros, sino una estrategia para contrarrestar proyectos populares y de izquierda en América Latina, desplazando la centralidad católica y favoreciendo movimientos religiosos que vieran el orden establecido —y la lucha contra el “marxismo ateo”— como extensión de la voluntad de Dios. Chile, tras el golpe de 1973, se convirtió en uno de los escenarios clave donde este guion comenzaría a aplicarse con crudeza.
El “Siervo de Dios”: nacimiento del Consejo de Pastores
Tras el golpe del 11 de septiembre de 1973, la Junta Militar se presentó como encargada de una “reconstrucción nacional” realizada “ante Dios y la historia”, pero se encontró pronto con una Iglesia Católica que asumió un papel de oposición moral, denunciando la represión y participando en organismos de defensa de derechos humanos. Ante ese escenario, un sector de las iglesias evangélicas vio en la dictadura una ocasión para romper décadas de marginación en un país mayoritariamente católico y negociar reconocimiento político a cambio de legitimación religiosa.
En 1974 se articuló el Centro Evangélico Nacional Coordinador de Actividades (CENCA), que derivó en el Consejo de Pastores, conglomerado de líderes de diversas denominaciones con trayectoria de acercamientos al régimen desde los primeros años de la dictadura. La investigación de Patricio G. Moya Muñoz y Marcos Fernández Labbé muestra cómo este Consejo construyó un nuevo tipo de relación con el Estado autoritario, basada en el otorgamiento de respaldo religioso a cambio de visibilidad, acceso a autoridades y proyección como actor político legítimo.
En esa alianza, Pinochet comenzó a ser presentado por estos pastores como un gobernante puesto por Dios, un “instrumento” o “siervo” llamado a enfrentar las “fuerzas del mal” asociadas al marxismo, diluyendo así cualquier cuestionamiento moral a la represión bajo el lenguaje de la guerra espiritual.
Portalazo, Declaración de 1974 y Jotabeche: altares para la dictadura
El momento simbólico decisivo llegó el 13 de diciembre de 1974, con la “Declaración de las Iglesias Evangélicas Chilenas en Apoyo al Gobierno Militar”, leída en el edificio Diego Portales, sede emblemática de la Junta. Este acto, conocido como el “Portalazo”, reunió a representantes de 32 iglesias que expresaron públicamente su respaldo al régimen y su malestar por las denuncias de violaciones a los derechos humanos que llegaban a Naciones Unidas.
Estudios sobre este documento muestran que la declaración interpretó el golpe militar como una respuesta providencial para enfrentar el caos, defendiendo la intervención armada y asociando a los críticos internacionales con campañas de desprestigio contra Chile. Ese gesto de apoyo fue clave para que Pinochet aceptara asistir, pocos días después, a la inauguración del Templo Catedral de la Iglesia Metodista Pentecostal (Jotabeche) como invitado de honor, en diciembre de 1974.
En Jotabeche, el dictador fue recibido no como un simple jefe de Estado de facto, sino como figura central de un relato religioso que lo presentaba bajo un aura de misión divina, ante un mundo pentecostal fuertemente enraizado en sectores populares. A partir de allí, se institucionalizó el Te Deum Evangélico, creado como ceremonia paralela al Te Deum Católico, otorgando a Pinochet una plataforma de bendición pública desde el campo evangélico que compensaba el distanciamiento de la Iglesia Católica.
Consulta de 1978 y Constitución de 1980: votos por reconocimiento
En 1978, cuando la dictadura afrontaba fuerte aislamiento internacional tras crímenes como el asesinato de Orlando Letelier y repetidas críticas en la ONU, se convocó una “Consulta Nacional” para reafirmar la legitimidad del régimen. Aunque las estructuras evangélicas proclamaron formalmente una postura de neutralidad, circularon campañas y mensajes que llamaban a los fieles a votar “Sí”, bajo la lógica de que el gobierno militar era el único muro frente al “marxismo ateo”.
El trabajo de Moya y Fernández Labbé detalla cómo, a fines de la década, el Consejo de Pastores buscó transformar su influencia en capital jurídico y político al intervenir en el proceso que desembocó en la Constitución de 1980. Estos líderes se movilizaron para apoyar la opción oficialista en el plebiscito constitucional, presentando el respaldo al nuevo texto como un “deber cristiano” y como defensa del orden y la seguridad ante una eventual vuelta al socialismo.
A cambio, aspiraban a que las iglesias evangélicas fueran reconocidas como corporaciones de derecho público, un estatus hasta entonces exclusivo de la Iglesia Católica, lo que implicaba un salto histórico en su igualdad jurídica. Sin embargo, el texto constitucional aprobado mantuvo la primacía del marco heredado del catolicismo, mostrando que, para el régimen, el mundo evangélico era un aliado útil para legitimar decisiones políticas, pero no un socio al que se quisiera elevar al mismo rango institucional.
No todo fue complicidad: grietas, resistencia y mártires
La imagen de una iglesia evangélica monolíticamente pinochetista es falsa: junto al polo articulado en el Consejo de Pastores, existieron expresiones y organizaciones que rechazaron la dictadura y se involucraron en la defensa de los derechos humanos. Investigaciones sobre cristianismo y derechos humanos en la última dictadura muestran la participación de sectores evangélicos en iniciativas como el Comité Pro Paz y la Vicaría de la Solidaridad, así como en redes ecuménicas que denunciaban la tortura y la desaparición forzada.
En ese ámbito aparecieron figuras y comunidades que pagaron un costo alto por su compromiso: trabajos sobre iglesias evangélicas y represión recuerdan pastores, laicos y jóvenes de tradición metodista y pentecostal que fueron detenidos, torturados o desaparecidos por organismos de seguridad. Esta memoria, sin embargo, ha quedado muchas veces opacada por el peso público del sector que se alineó con el régimen, lo que plantea un desafío pendiente para la reconstrucción de una historia evangélica más compleja y honesta sobre la dictadura.
Del laboratorio pinochetista al sionismo cristiano contemporáneo
Tras el fin de la dictadura, el mundo evangélico chileno entró en un ciclo de reconfiguración, con mayor presencia pública y participación política en el Chile neoliberal. Estudios sobre evangélicos y política en Chile entre 1960 y 2010 muestran cómo, desde los años noventa, parte de estas iglesias dejó de ser solo “refugio de masas” para transformarse en actores que intervienen activamente en debates sobre familia, moral sexual, educación y orden público, muchas veces desde posiciones conservadoras.
En paralelo, análisis regional señalan que el modelo de evangelismo fundamentalista promovido en la Guerra Fría se conectó, décadas después, con el auge de la Teología de la Prosperidad y del sionismo cristiano, generando un bloque religioso-político que vincula piedad personal, defensa del libre mercado y apoyo irrestricto al Estado de Israel. Trabajos recientes sobre la influencia del sionismo cristiano en la política internacional describen cómo estas redes evangélicas sostienen agendas pro-Israel, influyen en diplomacias latinoamericanas y sirven de base social a plataformas como el AIPAC y otros lobbies en las Américas.
En ese sentido, el laboratorio chileno bajo Pinochet no fue un episodio aislado, sino parte de un experimento mayor: usar púlpitos y comunidades de fe para sostener proyectos autoritarios primero y, más tarde, para anclar alineamientos geopolíticos que hoy se expresan en embajadas trasladadas a Jerusalén, votos en organismos internacionales y alianzas militares legitimadas religiosamente.
Texto inspirado en las investigaciones de Patricio G. Moya Muñoz y Marcos Fernández Labbé (“El Consejo de Pastores: iglesias evangélicas, política y dictadura en Chile, 1973-1980”), de autores como Tec-López, Oviedo, Fediakova, Mansilla y Orellana sobre evangélicos y política en Chile, así como en el Informe Rockefeller de 1969 y en estudios recientes sobre sionismo cristiano y poder evangélico en América Latina.
Te invito a leer el texto completo de estos trabajos académicos y documentos históricos para profundizar en las fuentes, contrastar miradas y seguir desentrañando el guion oculto que moldeó la fe evangélica y su papel político en Chile y el continente.
Seguimientos
Quiénes eran los miembros clave del Consejo de Pastores
Detalles de la declaración DIECH del 13 de diciembre de 1974
Influencia del Informe Rockefeller en iglesias evangélicas chilenas